Lanzamiento de la Red Informativa de Genocidio y Derechos Humanos

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jueves, 22 de septiembre de 2011

Troy Davis


Un reportero cuenta paso a paso la ejecución de Troy Davis

AP | JACKSON, EE.UU.
Troy Davis, condenado a muerte, en una foto de archivo de 1991.
Troy Davis, condenado a muerte, en una foto de archivo de 1991.
No pasó mucho tiempo para darme cuenta de que la ejecución de Troy Davis era diferente de otras que he cubierto. Mientras conducía hacia la prisión, podía ver a multitudes protestando y a un grupo de al menos 50 reporteros.

He cubierto unas 10 ejecuciones en Georgia. Ninguna de ellas fácil. Esta fue por mucho la más inusual.

Conmigo, hubo cuatro reporteros que atestiguaron la ejecución. Terminamos esperando más de cuatro horas en una sombría habitación de descanso de la prisión. Platicamos poco y especulamos acerca de si la Corte Suprema podría intervenir. Al mismo tiempo, había silencio.

Alrededor de las 10:30 de la noche, un guardia se acercó caminando y dijo: "¿Listos?".

Nos condujeron a una camioneta blanca y después de pasar por varios controles de seguridad, nos llevaron al edificio blanco situado en un extremo de la prisión que sirve como cámara de la muerte.

Vimos al hijo del oficial asesinado, Mark MacPhail Jr., entrar al edificio. Detrás de él caminaba Jason Ewart, el abogado del sentenciado. Llegó una furgoneta del coronel del condado.

Cuando ingresamos al recinto, los oficiales ya habían atado a Davis a la camilla. Había una ventana de cristal con una cortina separando a Davis de los testigos, que ocuparon tres filas de asientos. Eramos unos 20.

Davis buscó a Ewart, quien asintió con la cabeza ligeramente cuando se miraron a los ojos. MacPhail Jr., sentado al frente, se enfocó en Davis.

Cuando llegó el momento de decir sus últimas palabras, Davis se apropió del momento, hablando rápido y confiado.

Le dijo a la familia MacPhail que no era responsable por la muerte. "Soy inocente. El incidente que ocurrió aquella noche no fue mi culpa", dijo.

Davis pidió a sus partidarios seguir "dando la pelea". Y justo antes de que los letales medicamentos entraran a sus venas, dio un mensaje a sus ejecutores: "Dios tenga merced de sus almas".

Davis parpadeó rápidamente. Apretó los ojos. La cortina se cerró.

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